El amor de Dios – octavo regalo.

Es el regalo con el que nada puede compararse ni igualarse. Y vuelvo a uno de los versículos más valioso y hermosos, para el creyente.

Romanos  5: 5  nos dice:   «Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado». Este amor ha sido derramado con tal exuberancia que ha desbordado de nuestro corazón. El significado de «derramado» es que el amor de Dios brota como el aceite de un pozo desbordante sobre nosotros y este amor es uno de los frutos del Espíritu Santo.  Dios ha implantado en nuestro corazón la evidencia de que le pertenecemos a él y en esto consiste el amor, en que amamos a aquel que nos amó primero.

Juan  3: 16  «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna».  El Hijo de Dios nació como un niño, creció y se hizo hombre, nos dejó la enseñanza de su amor, padeció y murió en una cruz para darnos salvación y vida Eterna.  ¿Qué mayor demostración del amor de Dios que este?  El regalo del amor de Dios es maravilloso, es lo que da sentido y propósito a nuestras vidas, es incondicional, es puro y es real.  No pide ni espera nada a cambio.  Es el único amor que ofrece vida eterna, porque es un acto de su esencia que brota de su mismo corazón, y Dios nos enseña a amar como Él lo hace.  Tener el amor de Dios en nuestras vidas es tan importante, porque podemos trasmitirlo a los demás, y no solamente amar en esta época navideña, sino en todo tiempo debemos amar a nuestro prójimo, como él nos ama y nos lo pide. El amor es la más grande de las cualidades humanas, es un atributo de Dios que da al que en él cree.  Este amor involucra servicio sin egoísmo, nos da libertad de amar realmente, y así llegamos a comprender como Dios nos ama.

María Cristina Rodríguez de Caicedo.